#MudaBrasil

Es bien sabido que los movimientos sociales en el Brasil, pese a haber dado cara a una dictadura, no tienen los quilates y la influencia de otros colectivos en América Latina. Eso se debe en parte a que el Brasil hace una década entró en un auge económico y geopolítico que supo aprovechar y dar un viraje a su destino de titán en la miseria.

Lula llevó al Partido de los Trabajadores al poder. Desde allí se orquestó gran parte del verdadero “milagro brasilero”, expresión que viene hace más de cuatro décadas de boca en boca llenando ilusiones. Lula, el hermano del pueblo, por fin parecía tener claro cómo dirigir socialmente al coloso y darle un rumbo justo. Su heredera, una mujer sagaz de armas tomar, ha dado otro mensaje al mundo: el Brasil va creciendo gústele a quien le guste. Y pese a simular en aquella frase un careo a las grandes potencias dueñas del mundo, realmente le está armando pelotera a sus propios ciudadanos, pues a quienes menos les gusta cómo está siendo pensado el país del futuro es a los propios brasileros. No aguantan más aumentos, más impuestos, más burocracia, más corrupción.

Bien se sabe que cualquier momento de auge trae consigo una muchedumbre de oportunistas. Al Brasil vienen llegando desde que los indios divisaron las carabelas en el mar. Un tal Cabral, si la memoria no me falla, fue el primero en abordar estos rincones del planeta. Un Cabral, como el actual gobernador del Estado de Rio de Janeiro, un tipo que nadie sabe por qué sigue siendo elegido, cuando su prontuario corrupto y clientelista, sus retorcidos contactos con el sector privado y el desigual modelo de ciudad que está construyendo no le dan ni una brocha de credibilidad. ¿Será que los cariocas son idiotas? No lo creo, su astucia a diario es comporbada. Lo que sí creo es que se dejaron poner el pie encima de una gavilla de políticos sin un verdadero proyecto para la ciudadanía. Se dejaron comprar el hombre de a pie con promesas de tarjetas de crédito, de carros más barato, de mejores vías, de copa del mundo, de olimpiadas, cuando nada de eso parece estar trayendo un verdadero desarrollo sino todo lo contrario. Cada vez más superficiales, desechables y cambiables, y cada vez menos perdurables, menos atentos a lo que somos en la historia de nuestra sociedad y menos propensos a procurar el cambio. Es decir, conformistas de pecho en llamas. Indignados que no son capaces de mirar más allá de sus pantallas de televisión.

Pero hay un grito en el aire, hay una fuerza que despertó y no quiere ceder. Es la insurrección que se balancea con la energía de la inconformidad y la sensación de injusticia, la misma que si se mantiene es capaz de tirar políticos al suelo, hacer trastabillar al sistema y mudar el rumbo de las sociedades. Brasil hoy tiene sus principales ciudades atentas a la protesta, unidas entorno a objetivos comunes, reales, necesarios. Hoy Brasil realmente es mejor que antes. Se comunica, dialoga consigo mismo y se sabe auto-analisar para ser consciente de que tiene que dar una respuesta en conjunto a los atropellos de un Estado. Un Estado que en este caso parece un lobo que se viste de oveja. Supuestos socialistas modernos que ya son los acumuladores, terratenientes y usurpadores que parecían haber quedado en el pasado. Que todo cambie para que nada cambie.

Esperemos que aquel grito se vuelva acciones y estas una realidad nueva. Brasil es el pecho de América Latina y su ejemplo arrastra más fuerzas que ningún otro país en el continente. Detrás de él podemos llegar, tal vez, al continente unido y próspero que tantos queremos hace años.

Por Charlotte Montenegro

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