El reino de Tylenol (I)

   Se supone que yo no debería estar volviendo a mi casa, pero camino a la agencia he buscado en la guantera del carro mi frasco de Tylenol y no lo encontré. Desde hace unos días tengo una pequeña molestia en la parte baja de la espalda. Ya pedí una cita médica pero todavía faltan unos días. De regreso a mi casa también paso por una panadería y le compro un café con leche y bizcochos dulces a mi esposa. Le va a encantar la sorpresa. Además yo nunca regreso a casa después de salir, es una cosa tan infrecuente que creo que acabaremos haciendo el amor. Debo cuidarme de no tardarme, hoy tengo la reunión con la gente de la cervecería Smack y la puntualidad es clave.

   Cuando llego al edificio me encuentro al portero del turno de la mañana, un tipo al que le he visto la cara dos veces desde que vivo aquí. Me saluda con gesto serio y algo oscuro y me deja entrar al parqueadero. Subo las escaleras en silencio para evitar que Natalia pueda sospechar que ando cerca. Abro la puerta del apartamento y por el silencio sepulcral me parece que mi esposa todavía duerme plácidamente, lo que me deja una acción de maniobra mucho mayor para sorprenderla. Me voy a la cocina y velozmente coloco una de las flores de la mesa principal en un vaso con agua, sirvo el café con leche en un pocillo y dejo los bizcochos en un plato. Me llevo todo en una bandeja. Cruzo el apartamento de lado a lado para llegar hasta el cuarto. Extrañamente la puerta está cerrada. Al acercarme un poco más escucho un pequeño grito de mujer. Mi corazón se altera y acerco mi oído a la puerta y oigo algo que se revuelca dentro del cuarto. Intento abrir pero está con seguro. Toco la puerta y llamo a Natalia. Natalia. Natalia, ¿estás ahí? Respóndeme, ¿qué está pasando?

   Y entonces Natalia me abre y tiene la cara roja y parece tener fiebre, está envuelta en su pijama de siempre pero tiene el pantalón al revés. ¿Qué pasa?, le pregunto y entro al cuarto con la bandeja, detalle que no la sorprende para nada. El sorprendido soy yo por el abundante y vaporoso olor a sexo que hay en el ambiente. Huele a cuerpos, a fluidos con pijas. De una sola mirada fulmino a Natalia. Ella se aprieta las cobija contra la cara y yo tiro la bandeja al suelo. Busco al hijo de puta debajo de la cama, en el armario y cuando ya tengo certeza que está en el baño, cojo una botella de vino que siempre guardé en la mesa de noche para ocasiones especiales y al abrir la puerta veo a Francisco Guarda, amigo de la agencia de publicidad en que trabajé antes—ahora ex-amigo, podría decir, porque después de verlo desnudo y temblando de miedo, balbuceando para darme explicaciones y colocando sus manos en forma de súplica, lo único que atiné hacer fue rajarle un costado de la cabeza de un botellazo certero que si bien no lo mataría, por lo menos le estropearía la audición o la visión de su costado izquierdo.

   Todo por un hijueputa acetaminofén. Ojos que no ven, corazón que no siente. Si yo no me hubiera devuelto a coger unas pinches pastillas para quitarme el lumbago que me está matando la espalda, tampoco me hubiera enterado que me ponían los cuernos de lunes a miércoles durante toda la mañana, y con un tipo que decía ser mi amigo y me abrazaba en los churrascos a los que me invitaba a su casa, donde guarda una esposa esbelta y rubia y dos niños que siempre hacen bulla. La rubia de seguro está menos jodida que yo. Prácticamente mantenía a Francisco, y con su físico no será esfuerzo convertirse en una codiciada soltera con casa junto al mar y piel tostada con revoluciones de adolescente. Sí, a ella no le costará nada mudar esta situación terrible. En cambio a mí, un tipo que se rompe el culo trabajando de 9 a 6 para llevar un mercado nutritivo y abundante a su casa, que paga el alquiler de un apartamento de seis personas para que apenas vivan dos, que anda en camioneta porque a su esposa le encanta salir de paseo y conducirla, que planea su vida basado en lo que su mujer quiere y desea, a un tipo como yo, así de huevón y pendejo, le va a costar mucho revertir esta situación.

   Llego media hora tarde a la reunión con la gente de Smack y para mi sorpresa todavía me están esperando. No hago muestras de estar destrozado emocionalmente, apenas conecto mi tableta electrónica al proyector de imagen, me presento discretamente y comienzo a introducir a mi público-cliente en la propuesta de imagen corporativa que ingenié para ellos. En medio de las palabras anglosajonas rebuscadas que utiliza mi gremio publicitario, de frases llenas de mucha emocionalidad y poca racionalidad, me di cuenta que tenía una mancha de sangre en el puño de la camisa. A esta hora del día ya era una seca mácula morada con una curvatura casi perfecta que cerraba sus formas cerca del hueco donde paso mis mancornas. Pese a que no estoy desconcentrado, es obvio que alguien ya vio la mancha e hizo evidente mi suciedad. Cuando acabo la presentación me aplauden con desgano y de inmediato entran los meseros a servir algunos panecillos con café.

   En la mesa mi jefe, Ricardo Lagoa, un paulista radicado en Bogotá por cosas de la vida, me pregunta la razón de mi tardanza. Tal vez Ricardo fuera la única persona a la que sinceramente le podría haber comentado mi desgracia, pero apenas apunto a inventar con mi gran ingenio una mentira del tamaño de la China, diciendo que camino a la reunión había peleado con un asaltante al que acabé hiriendo con mi pluma. Ricardo parece que no me cree, me observa con silencio y seriedad. Me pide que hablemos afuera del salón. En su oficina me pregunta de nuevo por las razones de mi tardanza y antes de que le responda me recrimina por no saber la importancia de la puntualidad con los tipos de Smack. Me siento algo ofendido por el comentario. Mis emociones verdaderas salen a flote y me tiro a llorar sobre su escritorio mientras le cuento la novelesca escena entre mi esposa y Fernando Guarda. Mi jefe sin pensarlo dos veces me ofrece un trago de whisky. Me pide que me calme pues tendré que intervenir de nuevo en la reunión, y en ese estado de nerviosismo no lograré nada. Al final me hace un comentario halagador, diciendo que Fernando Guarda es un idiota en nuestro mundo publicitario, un don nadie, y ahora después de esta va a quedar más hundido. “Ya verás”, me dice Ricardo con su voz potente. Luego nos vamos de nuevo al salón con el resto de la gente y acabamos la reunión al medio día. El resultado para nosotros fue positivo, pero todo tiene un tinte de sorpresa que no deja estar seguro a nadie.

   La gente de Smack, después de discutir entre ellos la propuesta de comunicación que le hizo la agencia, ha decidido no firmar este año el contrato y de paso retirar las líneas de productos que ya se venían trabajando hace más de dos años con nosotros. Es decir, nuestro mejor cliente, quien sostiene el 50% de la empresa, se está yendo no solo con su dinero para invertir, sino con el que ya había colocado en nuestro trabajo. Estamos jodidos. Cuando el presidente de Smack sale con su comitiva Ricardo llama al equipo a su oficina y desde que cierra la puerta nos empieza a gritar a todos, pero en especial me mira a mí. En el fondo sé que me debe estar culpando pues el único que llegó tarde a la reunión fui yo, pero también no es un imbécil y sabe que perdimos el negocio y el cliente estrella por nuestra débil propuesta, por la mediocridad que se impuso en ciertos procesos y por la improvisación que se mostró en muchos frentes. De la oficina rodaron las cabezas del director creativo y de la directora de mercadeo. Con esa bacante en la dirección creativa, Ricardo me está poniendo a prueba. Sabe que es el puesto que he querido desde que entré a la agencia. Los presupuestos de todas las campañas estarían a mi favor y la disponibilidad total de un increíble talento humano para realizar proyectos grandes. El día se va entre la soledad de cada uno frente a su escritorio y al caer la noche de nuevo el grupo de reúne pero en el bar, tomamos una cerveza y despedimos este día de mierda que nos ha dejado sin fuerza.

   Las semanas van pasando aceleradamente. Casi que puedo decir, sin temor a parecer frío, que el problema de Natalia no me ha afectado mucho. Tal vez en el fondo la quería lejos o no la quería ni ver. Tal vez simplemente no tenga cabeza ni corazón para eso ahora. No lo sé. En todo caso Ricardo ya tiene en la punta de la lengua el nombre de los dos nuevos directores que necesita la empresa. Tienen que ser elegidos entre los que estamos hace años aquí y hemos adelantado también estudios en ese sentido, pues traer una persona de afuera sería obligarnos a darle demasiado tiempo de acoplamiento y la situación es de crisis y demanda cambios urgentes. Una tarde efectivamente Ricardo nos llama a su oficina para que hablemos algunos asuntos importantes. Está la plana mayor de la agencia, los directores de departamento y los jefes de las células, así como los coordinadores y algunos monitores. Que tanto personal esté presente me parece algo bochornoso. Si me va a nombrar como director creativo no necesita llamar a los técnicos en diseño gráfico que operan en la planta de impresiones. Bastaba con hacerlo saber a los mandos principales y a ciertos mandos medios. Con el tiempo la gente me irá reconociendo. Ricardo parece algo tenso, como si no hubiera cagado en tres días. Se acomoda en el sobrio atril y comienza a contar la historia de la agencia. El por qué nació, quién la fundó, cuáles fueron sus grandes motivaciones para comenzar. Luego Ricardo comienza a llorar suavemente y eso nos enternece a todos, pues nunca lo habíamos visto tan vulnerable, tan humano. Esa máquina de hacer publicidad, dinero y fama tenía un corazoncito. Cuando su secretaría personal le alcanza un vaso de agua y Ricardo se recompone del llanto, nos dice con una voz apagada, casi un susurro, que la empresa se ha quebrado porque Smack retiró sus fondos y el negocio no es viable con los clientes que nos quedan, pues no dan para sostener ni tres meses el personal, las máquinas y el edificio. Y pues nada, en conclusión—mis queridos compañeros de trabajo, mis estimados subalternos—: todos están despedidos.

Por Charlotte Montenegro

Charlotte Su carrera en las letras comenzó en la academia: universidades, congresos, grupos de investigación y marxistas que desarmaban cualquier pieza literaria fueron durante años el pan de cada día. En la clandestinidad escribió durante años y se mantuvo así, apenas aclamado por unos pocos fieles que como una secta lo siguen a todas partes. Charlotte Montenegro dejó atrás aquella actitud de científico literario y se transformó en lo que siempre había querido realmente: un escritor.

   Así fue que Charlotte llegó al proyecto de Lectores Secretos y decidió unirse a él, con su formidable talento para pensar y crear libros y con su pluma que expresa todo un mundo propio. Charlotte es colaborador asiduo de esta casa, un crítico de carácter y un abanderado de la cultura literaria.

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